Temas

4. El expansionismo norteamericano

Los Estados Unidos constituyen el conglomerado humano más ambicioso que existió sobre la tierra. Desde el comienzo mismo de su establecimiento como nación, no han hecho otra cosa que ampliar sus beneficios a costa de los demás. Por primera vez está surgiendo en el mundo, hoy, un movimiento de opinión unánime a todas las culturas, con el propósito de ponerle freno.

Mapa del expansionismo de Estados Unidos desde 1867 (Eric Hobsbawm)

La Doctrina Monroe

Es sin duda uno de los grandes temas de la historia de las Relaciones Internacionales del continente americano. Originalmente fue parte del mensaje anual del presidente norteamericano James Monroe al Congreso de los Estados Unidos del 2 de diciembre de 1823; con el tiempo se convirtió en parte fundamental de la política exterior norteamericana. Mucho de su significado descansa en el hecho de que su esencia fue por más de cien años una parte integral del pensamiento norteamericano. El mensaje articuló ideas ya bien establecidas en la política exterior de los Estados Unidos. La idea de la separación geográfica, política, económica y social del Nuevo Mundo con respecto al Viejo, destacando los diferentes intereses americanos, datan de antes de la independencia norteamericana; los principios de Monroe complementaron el arraigado aislacionismo.

Sin embargo, la declaración de Monroe fue ignorada en gran medida como una guía política durante gran parte del siglo XIX, período de debilidad militar y preocupaciones internas en los Estados Unidos. No sería hasta finales de dicho siglo, con el posicionamiento de Norteamérica con el status de gran potencia, cuando la Doctrina Monroe se convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana.

El día 2 de diciembre de 1823, James Monroe, presidente de los Estados Unidos, presenta en su discurso anual algunos pasajes sobre relaciones exteriores que dejarán clara la posición de los Estados Unidos en política exterior. Resumiendo la Doctrina en las palabras del presidente:

  • “Los continentes americanos… no podrán considerarse ya como campo de futura colonización por ninguna potencia europea.”
  • “El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto… del de los Estados Unidos de América. Considerando todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad.”
  • “No nos hemos entrometido ni hemos de entrometernos con las actuales colonias o dependencias de ninguna potencia europea.”

Primeras usurpaciones externas

El 24 de marzo de 1846, una fuerza militar estadounidense al mando del general Taylor cruzó el río Nueces y avanzó por territorio mexicano. Era el comienzo de uno de los mayores latrocinios de la historia, que culminaría dos años después con la anexión de Texas, Nuevo México y California. 1.350.000 kilómetros cuadrados de tierra feraz, prácticamente sin explotar, donde “poco antes” los estadounidenses habían descubierto “por casualidad” los mayores yacimientos de oro de todo el Norte de América.

La voluntad expansionista de los Estados Unidos de Norteamérica se manifestaba claramente ya desde las primeras décadas del siglo XIX, poco después de obtenida su independencia de Inglaterra. Así, en 1803 compran a Napoleón I, por 15 millones de dólares, el territorio de la Luisiana. Ya entonces el presidente Jefferson manifiesta las intenciones de su país por apropiarse de la Florida y Texas. En 1819 cumplen su propósito con la primera, logrando que España la venda y en el mismo contrato exprese su renuncia a Texas. En 1920, Estados Unidos continúa con su política expansionista en la región obteniendo de México permiso “para radicar colonos” en territorio tejano. (2) Sobre este carácter de sus vecinos del norte, el intelectual mexicano Carlos María Bustamante escribiría, dieciséis años antes de la invasión armada: “El Departamento de Texas está ya en contacto con la nación más ávida y codiciosa de la Tierra. Los norteamericanos, sin que el mundo lo haya sentido, se han apoderado sucesivamente de cuanto estaba en roce con ellos. En menos de medio siglo se han hecho dueños de colonias extensas que estaban bajo el cetro español y francés, y de comarcas aún más dilatadas que poseían infinidad de tribus de indios que han desaparecido de la superficie de la Tierra”.

No pasaría mucho tiempo para que estas lúgubres advertencias de Bustamante fueran tomando carácter concreto, en magnitudes aún mayores a las imaginadas por el escritor. En 1867, bajo intensa presión de los Estados Unidos, Rusia cede Alaska. El hegemonismo económico y militar de los ambiciosos anglosajones se perfilaba de un modo evidente. Sólo faltaba el último embate de audacia para consolidarlo, apropiándose del Caribe y Centroamérica. Muy pronto lo iban a dar.

América para los norteamericanos

El 15 de febrero de 1898 una bomba submarina hunde al acorazado norteamericano Maine, fondeado en el puerto de La Habana, Cuba. Esto provocaría el enfrentamiento bélico entre Estados Unidos y España, dando inicio a la política de expansión territorial y económica de los EE.UU. en el Caribe. La guerra hispano-norteamericana fue un elemento clave en la conformación y emergencia de su imperialismo, que ocupó en el lapso de dos años la isla de Cuba, Puerto Rico (sometida hasta hoy), Guam, Hawai y Filipinas. Apenas comenzado el siglo forzó la “independencia” de Panamá con respecto a Colombia, para poder ocupar en forma permanente las inmediaciones del canal interoceánico. Entre 1900 y 1933 las tropas americanas fueron enviadas cuatro veces a Cuba, dos veces a Nicaragua, seis veces a Panamá, siete veces a Honduras, y a la república negra de Haití desde 1915 hasta 1934. Tan “grandiosa” historia de pillaje y esclavización representó un papel central en el reparto del mundo por parte de las potencias imperialistas y en la emergencia de una nueva etapa del capitalismo mundial.

¿Quién hundió al Maine? Norteamérica no aceptó formar una comisión examinadora conjunta con España y formó la suya propia, con el objeto deliberado de acusar al ejército español. La comisión formada por España concluyó que había sido una explosión accidental. Los chauvinistas y nacionalistas yanquis aprovecharon el hecho para desatar en Estados Unidos una virulenta campaña de agresión a España. Un nuevo examen de 1975, efectuado por el almirante norteamericano Hyman Rickover, concluyó que la explosión se debió a errores de diseño del barco, pues la pólvora estaba depositada en contenedores de cobre, en un compartimento bajo, al lado de los depósitos de carbón.

Los acontecimientos se suceden rápidamente. El ejército estadounidense ocupa militarmente la isla, nombrando dos procónsules, el general Brooke en el Occidente (La Habana) y el general Wood en el Oriente (Santiago). Para controlar al ejército rebelde, el gobierno envía 3 millones de dólares con los cuales se le “compran las armas” a los insurgentes, a razón de 75 dólares por soldado. Con esto logran desarmar a los cubanos que, ilusionados con una real independencia habían aceptado aliarse con los yanquis.

Una vez que Estados Unidos comprobó que la insurgencia obrera o negra no era de temer, y que todos los partidos oligárquicos aceptaban de buena gana el protectorado, se decidió a abandonar la isla, pero manteniendo un reaseguro legal para volver en cualquier momento. Los cubanos aprobaron una constitución a la que el gobierno norteamericano le agregó una cláusula (llamada Enmienda Platt por su redactor, el senador Orville Platt), por la cual “el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual”. La Enmienda Platt también le prohibía a Cuba firmar tratados con potencias extranjeras que no fueran Estados Unidos, endeudarse por arriba de sus posibilidades de pago, negaba soberanía de Cuba sobre la importante Isla de Pinos y garantizaba a Estados Unidos la compra de tierras para minas de carbón o estaciones navales. La principal condición para la retirada de las tropas estadounidenses fue que esta Enmienda fuese incluida en la constitución cubana. Como resultado, Cuba quedaría reducida a un estado de semiesclavitud: sin fronteras, sin aduanas, sin soberanía, con el peligro de intervención militar como una espada de Damocles pendiente sobre su cabeza.

Puerto Rico tenía una posición estratégica en las Antillas: era como la puerta de entrada para todo el Golfo de México. Por el artículo 2 del Tratado de París se afirmaba: “España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones”. El gobierno de Estados Unidos optó por ocuparla en forma indefinida.

Ya asegurada sin peligros la puerta de entrada al Golfo de México, debía asegurarse la salida. El canal de Panamá -que estaba planeado desde años antes-, era esa salida y comunicaría todo el comercio de Europa con Oriente. Por otra parte, resultaba vital para el desarrollo de la costa oeste de Estados Unidos. El expansionismo norteamericano se propuso dominar militar y comercialmente ese paso. Con sus inmensos recursos, muy pronto lo consiguió.
Panamá era hasta entonces una provincia colombiana. El gobierno estadounidense comenzó negociaciones con el de Colombia para que el canal se construyese logrando la propiedad de las tierras de ambos lados del canal para Estados Unidos. El parlamento colombiano mostró reticencias. Viendo el gran interés de sus acosadores, aumentó el precio de la indemnización. Estados Unidos decidió entonces provocar una insurrección “popular” en la provincia de Panamá, que llevaría a la separación de Colombia. Esta operación, realizada en noviembre de 1903, fue pergeñada por un aventurero francés, Bunau Varilla, bajo el patrocinio de “Teddy” Roosevelt, a la sazón presidente. Inmediatamente de producido el levantamiento en Panamá, se declaró su “independencia”. Bunau Varilla corrió entonces a los Estados Unidos, para firmar el tratado conocido como Hay-Bunau Varilla, por el cual se le otorgaba al país del norte la soberanía a ambos lados del canal a construirse. Cuando el delegado de la junta de gobierno panameño llegó a la Casa Blanca para acreditarse y negociar la construcción del canal, se encontró con que el tratado ya había sido firmado… ¡con un extranjero! Esto es lo que los norteamericanos llaman “libertad de competencia”: Bunau Varilla firmó y al gobierno de Roosevelt no le importaron las acreditaciones legales.


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